

“LLAMADOS A PARTICIPAR DEL REINO, PERO REVESTIDOS DE DIOS”
MT 22,1-14
POR: Pbro. Jorge Armando Castillo Elizondo
Hermanos, la insistencia de parte de Cristo en que entendamos el misterio del Reino de Dios, se hace ahora más cercana y clara, la insistencia en que el reino de Dios no es únicamente trabajo, esfuerzo y sacrificio, sino también gozo y plenitud es apremiante. La parábola de la invitación al banquete de bodas del hijo nos presenta la importancia no solo de ser invitados o llamados, sino también de ser elegidos para participar de la comunión plena con Dios en su Reino.
El hombre experimenta sobre este mundo dos necesidades fundamentales, el hambre y la sed. El alimento se adquiere por medio del trabajo y del sacrificio, aunque detrás del mismo trabajo, se manifiesta la mano bondadosa de Dios que nutre y alimenta. La abundancia de los bienes de esta tierra nos permite pregustar y anticipar la felicidad, y todavía más, cuando estos bienes son ofrecidos gratuitamente. Las fiestas y los banquetes son para todo hombre momentos para compartir la alegría, la paz. Generalmente el banquete es precedido por un acontecimiento, como por ejemplo una boda, un aniversario, un logro, etc. y participar del banquete es participar de aquel motivo de alegría. Hay una alegría interior que se comparte no sólo comunicándola, sino también con la participación festiva.
En la lectura del profeta Isaías, podemos leer la improvisa invitación a un banquete, que el mismo Dios preparará para todos los pueblos. Temática que se retoma en el Evangelio. El texto solamente explicita que el Reino de Dios es semejante a un Rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. La imagen del padre que prepara un banquete para su hijo es ya sugestiva, nos refiere el momento en que Cristo esposo desposará a la Amada, que en este texto aparece oculta. Cristo en otras ocasiones se designó a sí mismo como el novio: “Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán” (Mc 2,20; Lc 5,33-39). O aquella parábola de las diez vírgenes: “ya llega el esposo, salgan a recibirlo” (Mt 25,6). Cristo es el Hijo, el novio, el esposo. Pero, entonces, ¿quiénes son invitados al banquete? El texto precisa que ya estaban considerados un buen número de invitados (llamados), que al ser llamados en diferentes momentos y con toda insistencia, se rehusaron a asistir. Es claro el reclamo de Jesús a los sumos sacerdotes, a los doctores y con ellos al pueblo de Israel, de ignorar la invitación de Dios a la comunión con su Hijo, de haber rechazado la invitación que constantemente hacían sus siervos los profetas, lo cual les valió verse privados del banquete.
El texto del Evangelio nos presenta la importancia de la elección, que si no ponemos atención, pasaría desapercibida. Según el texto, los invitados o llamados esperaban el momento del anuncio para participar del banquete, y cuando fueron elegidos, por su propia responsabilidad se excluyeron. Es fácil perder de vista la grandeza de los dones de Dios ante las propias responsabilidades. Ellos no solo rechazaban la invitación a un banquete, rechazaban la invitación a la alegría del Rey y de su hijo que es el esposo. Los dones de Dios no pueden desperdiciarse, “todo está listo” (v. 4). El texto dice que los que rechazaron la invitación no fueron considerados dignos, apropiados, merecedores: “no eran dignos” (v. 8). El rechazo de muchos no hará que Dios desista en mostrar su misericordia y su amor. Al contrario, como dice el Evangelio, el anuncio se sigue dirigiendo a todo hombre, a todo aquel que quiera participar de la alegría del banquete.
A veces nos conformamos con sentirnos llamados por Dios a ser buenos, a ser justos, a hacer el bien, pero hasta allí nos quedamos, y no damos el paso a la elección que es transformadora. En Cristo, hemos sido elegidos para formar un nuevo pueblo, llamados desde la eternidad para participar de la gloria de Dios, pero elegidos y revestidos solo en Cristo. La iglesia será siempre casa de puertas abiertas para todo aquel que quiera participar del banquete y de la salvación de Dios, pero tengamos cuidado de tomar con demasiada superficialidad el llamado y creer que por eso ya estamos salvados. Los bienes de Dios son infinitos y lo serán por siempre, pero el hombre hambriento de esos bienes no ha comprendido que debe aceptar la invitación y debe responder. ¿Cuántas veces has rechazado el llamado de Dios a participar de su banquete? ¿Cuáles son tus excusas?
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A partir del Lunes 11 de Abril de 2011
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