

*El proyecto, apoyado por la convocatoria interna Fortalecimiento a la Investigación 2026, explora el uso de residuos agroindustriales para desarrollar un sensor electroquímico de bajo costo
¿Y si la basura de la industria alimentaria, como la cáscara de limón y coco, pudiera detectar contaminantes en el agua?, se preguntó un grupo de investigadores de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad de Colima encabezado por José Manuel Flores Álvarez. Para responderla, están desarrollando un sensor electroquímico que permita detectar metales pesados en el agua.
El proyecto “Desarrollo experimental y computacional de un sensor electroquímico basado en residuos agroindustriales para la detección de metales pesados en agua para la protección de la salud pública y del medio ambiente”, financiado por la convocatoria interna “Fortalecimiento a la Investigación 2026”, trabaja en el diseño de pequeños dispositivos económicos, selectivos y potencialmente portátiles, para detectar metales pesados.
Entre los contaminantes de mayor preocupación para este grupo de investigadores se encuentran el plomo, cadmio, mercurio y arsénico. Para que su detección sea más fácil y constante, trabajan en la elaboración de componentes más sencillos, de bajo costo y sobre todo más selectivos “para que detecten incluso un solo metal pesado”.
El problema de los metales pesados, dijo el investigador, es que “son uno de los contaminantes más persistentes, porque los encontramos en medios electrónicos o pilas que hay en todos lados, y mientras la forma en que se desechan no se regule, vamos a seguir teniendo este problema. Entonces tenemos que buscar estrategias para detectarlos y de alguna manera retirarlos, en este caso del agua”.
Del desecho al detector
Para construir estos sensores, los investigadores utilizarán grafito, un elemento que se encuentra en la punta de los lápices. “Este grafito lo hacemos polvo y lo usamos como conductor. Después, a este grafito le agregamos algún componente orgánico o inorgánico que nos ayude a detectar los metales más fácilmente. A esta mezcla le ponemos un aglomerante para ponerlo en el tubo de una jeringa para insulina. A la jeringa y la mezcla se le llama electrodo de pasta de carbón modificado, y es la que nos servirá para detectar los metales”.
Antes de fabricar el electrodo, explicó Flores Álvarez, el equipo realizará estudios de química computacional para evaluar la composición propuesta: las proporciones de grafito, material de origen vegetal y aglomerante. “Si los cálculos respaldan la propuesta, pasaremos a la siguiente etapa; de lo contrario, ajustaremos la composición y haremos nuevas pruebas”.
El investigador señaló que también compararán los materiales obtenidos de la cáscara de coco y de limón para determinar cuál podría funcionar mejor en el sensor y en qué proporción convendría utilizarlo. Estos cálculos -resaltó- permitirán orientar las pruebas experimentales.
Una vez definida la composición, evaluarán el electrodo mediante análisis electroquímicos. Para ello, le colocarán un contacto eléctrico y lo introducirán en muestras de agua a las que añadirán cantidades conocidas de metales pesados. Así podrán comprobar si el sensor produce una respuesta medible ante su presencia.
Una vez que comprueben este proceso, dijo José Manuel, lo que sigue es probar el electrodo con agua de los ríos y lagunas del estado: “Ahora traemos esa agua al laboratorio, pero el reto es poder llevar el electrodo a estos lugares; es decir, hacer estos electrodos portátiles, ese es nuestro siguiente paso y nuestro siguiente reto”.
En el proyecto también participan los investigadores Zeferino Gómez, Kayim Pineda e Ismael Aguayo, todos ellos de la Facultad de Ciencias Químicas; Cintia Karina Rojas, del Centro Universitario de Gestión Ambiental (CEUGEA) y Liliana Martínez, del Bachillerato 33, así como estudiantes de doctorado.
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A partir del Lunes 11 de Abril de 2011
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