

POR: Noé Guerra Pimentel
El triunfo de la Selección Mexicana frente a Ecuador quedará inscrito en la memoria deportiva del país. Sin embargo, la historia también registrará que el júbilo terminó teñido por el luto. Cuatro personas perdieron la vida y decenas requirieron atención médica durante las concentraciones masivas registradas en la Ciudad de México, principalmente en las inmediaciones del Ángel de la Independencia, donde el gentío desbordó cualquier previsión logística. Las autoridades confirmaron que tres fallecimientos estuvieron asociados a asfixia por aglomeración y un cuarto obedeció a complicaciones médicas.
Esta tragedia y los patéticos accidentes anteriores deberían marcar un antes y un después de este mundial de futbol. Mañana domingo, cuando nuestro representativo enfrente al de Inglaterra, el país volverá a contener la respiración, millones de aficionados seguiremos el encuentro con la ilusión intacta. Ojalá también se haga con una renovada conciencia de responsabilidad. El problema nunca ha sido el fútbol, el problema aparece cuando se confunde la pasión con el descontrol; cuando suponemos que la alegría justifica todo; cuando el alcohol, las drogas, el vandalismo y la violencia sustituyen al entusiasmo deportivo y la sana convivencia.
Las autoridades tienen una obligación ineludible, no basta con reaccionar cuando la multitud ya es incontenible. Gobernar significa anticiparse, la experiencia del martes 30 de junio les obliga a desplegar operativos preventivos suficientes, establecer límites de aforo en las zonas de mayor concentración, proteger monumentos históricos y artísticos, restringir la venta irregular de bebidas alcohólicas, combatir el consumo abierto de estupefacientes y garantizar corredores seguros para los servicios de emergencia. Esperemos que los gobiernos respondan y estén a la altura para prevenir otra tragedia.
Eso por un lado, por otro, debemos tener claro que ninguna estrategia será suficiente si nosotros las ignoramos, en México hemos comenzado a normalizar escenas que deberían indignarnos: sujetos escalando monumentos históricos, tipos lanzándose desde esculturas, familias enteras atrapadas entre avalanchas humanas, consumo indiscriminado de alcohol y drogas en espacios públicos, mobiliario urbano destruido y monumentos convertidos en improvisados escenarios para fotografías y desafíos virales. Eso, disculpen, no son expresiones de identidad nacional. Eso es, sencillamente, una manifestación de vulgaridad y burdo protagonismo.
No olvidemos que cada monumento representa un fragmento de nuestra memoria colectiva. Son obras que narran quiénes fuimos y explican quiénes somos. Destruirlas o ponerlas en riesgo por unos minutos de euforia, constituye una forma de empobrecimiento cultural. Lo digo porque Colima tampoco ha sido ajena a este fenómeno. En cada celebración importante, la escultura monumental del Rey de Colimán se convierte en punto de reunión. Decenas de personas escalan la obra, se apilan y cuelgan de ella, brincan sobre su estructura y la utilizan como plataforma para sus desmanes. Quizá muchos crean que se trata de un acto inocente. No lo es.
Esa escultura constituye uno de los símbolos urbanos más importantes del estado, es uno de los elementos identidad más arraigados en la sociedad, una fractura estructural, un desprendimiento o un daño irreversible no tendría responsable y tampoco podría repararse solo con recursos económicos. El patrimonio artístico no admite segundas oportunidades, cuando una obra desaparece o resulta dañada es una pérdida irreversible, definitiva.
Lo mismo ocurre con el Ángel de la Independencia, la Glorieta de la Diana Cazadora, el Monumento a la Revolución, la Minerva en Guadalajara o tantos otros símbolos nacionales. El verdadero patriotismo consiste en preservarlos, no en utilizarlos como juegos mecánicos. Celebrar no significa destruir, tampoco poner en riesgo la vida propia ni la ajena, menos convertir las ciudades en territorios sin ley. La Selección Mexicana ha demostrado disciplina, preparación, esfuerzo y respeto. Paradójicamente, esos mismos valores desaparecen en algunos apenas termina el partido.
Quizá haya llegado el momento de preguntarnos qué clase de victoria queremos tener. Porque un campeonato podrá repetirse dentro de cuatro años, una escultura histórica puede perderse para siempre y una familia que pierde a uno de los suyos durante una celebración jamás volverá a vivir el fútbol igual. Si México aspira a ser anfitrión ejemplar del deporte más popular del planeta, también debe demostrar madurez cívica. El domingo no sólo jugarán los futbolistas, también jugaremos nosotros frente al mundo y ese partido depende exclusivamente de nosotros.
Total de Visitas 267960731
A partir del Lunes 11 de Abril de 2011
Desarrollada por HMH Sistemas
Template by OS Templates