

“LLAMADOS POR GRACIA PARA CONOCER Y AMAR A DIOS”
MT 9,9-13
POR: Pbro. Jorge Armando Castillo Elizondo
Hermanos, después de las grandes solemnidades del término del tiempo pascual, retomamos el tiempo ordinario y volvemos nuevamente al Evangelio de san Mateo para continuar nuestro itinerario como discípulos. Hoy las lecturas nos proponen la temática del llamado de Dios al hombre para conocerle y conocer su voluntad, de esta manera la respuesta comenzará a delinear una nueva vida y un nuevo horizonte que llevará al hombre a la verdadera felicidad y al gozo pleno. Dispongámonos para descubrir los signos esenciales y las exigencias de la llamada de Dios.
El hombre creado por Dios a su imagen y semejanza es capaz de poder conocerlo, pero este conocimiento comienza por la invitación a seguirlo. En este esfuerzo el hombre se ha visto agraciado por Dios porque Él ha querido revelarse y manifestarle su voluntad. La actitud más importante frente a Dios, a quien reconocemos como el verdadero Dios, es la de la confianza plena en Él. Así lo afirmaba el profeta Oseas: “Conozcamos, corramos tras el conocimiento de Yahvé: su salida es cierta como la aurora; vendrá a nosotros como la lluvia temprana, como la lluvia tardía que riega la tierra” (Os 6,3).
El conocimiento de Dios tiene que motivarnos a esperar de él sus dones y su misericordia, pero también nos tiene que mover a trasformar nuestra vida y nuestro entorno. De nada servirán los muchos sacrificios que hagamos por Él, si nuestro corazón está lejos y ausente. En este sentido Dios pide al pueblo dos acciones muy puntales a realizar, dos acciones que denotan nuestra fe en el Dios revelado, lo repite el profeta Oseas: “yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6,6). El amor es la clave para acceder al conocimiento de Dios. De hecho, hay una frase que dice: nadie ama lo que no conoce, así pues, a Dios no se le podrá amar si no se le conoce o más bien, si él no se manifiesta con su amor. Todos los esfuerzos que hagamos por conocer al Señor y para cumplir su voluntad serán recompensados con su amor misericordioso.
El llamado de Dios y la invitación que hace a cada uno para conocerle y amarle es precedido por su llamado. Dios llama a quién quiere. Por eso, de entre tantos hombres llamó a Abram (Gn 12). Así también se manifestó la iniciativa de Dios en la llamada que Jesús hace a San Mateo: “Cuando se iba de allá, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: Sígueme. Él se levantó y le siguió” (Mt 9,9). El llamado de Dios es tan claro y potente que el hombre inmediatamente le responde y con prontitud se apresa a realizar el cambio. Así aconteció con Abraham: “ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios, con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido” (Rm 4,20-21).
Una cualidad de los que experimentan el llamado de Dios es la certeza que comienza a albergarse en su corazón. La fe finalmente se inserta en el corazón para dar paso al conocimiento de Dios y de su voluntad. El encuentro con Dios cambia nuestra vida y de igual manera transforma nuestro entorno. Pero debemos tener cuidado para no ser nosotros los que delineemos el camino a seguir. En ocasiones ponemos tanta atención a los cambios que implican el ser llamado a una vida santa, que podemos sentir que los demás nos estorban u obstaculizan en nuestra renovación interior. Pero eso no es así. La renovación interior comienza por hacernos más humanos, más humildes. El llamado de Dios nos humaniza, nos hace más sensibles y nos permite reconocer que los demás también están llamados a corresponder a Dios. Por tanto, sería un gran bien para nuestra vida el encontrarnos con Dios para que todo nuestro entorno tenga sentido y valor.
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