

SE HIZO VISIBLE PARA RECORDARNOS QUE CAMINA CON NOSOTROS
LC 24,13-35
POR: Pbro. Jorge Armando Castillo Elizondo
El tiempo de Pascua prosigue, y con él, las manifestaciones de Cristo resucitado a sus discípulos. Este domingo tenemos la gracia de meditar sobre un texto que tiene un grande significado para comprender el proceso de acercamiento a la fe. El testimonio de los discípulos de Emaús es una catequesis condensada de los fundamentos más importantes de la fe. Hagamos este recorrido junto con ellos para dejarnos también iluminar en nuestra mente y en nuestro corazón para afirmar con ellos y con toda la Iglesia: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor!
Es debido a nuestra fragilidad que las situaciones límite de la vida nos impiden un sano juicio y la visión real de las cosas. El hombre es más propenso a escuchar las fatalidades de la vida y a dar crédito a ellas, que, a las cosas positivas, aun cuando estas no están presentes o no sean del todo claras. El Evangelio nos narra que mientras los apóstoles estaban reunidos en Jerusalén, todos juntos a puerta cerrada, dos discípulos, regresaban a Emaús desanimados, tristes y sin entender muchas cosas. Seguramente habían decidido dedicar su vida al seguimiento del Maestro, pero ante tal panorama, no quedaba otra cosa que regresar, ¡todo está perdido, todo ha terminado! Sus diálogos no son alentadores ni positivos. Puntualiza Lucas que conversaban, del griego omilein, verbo que utilizamos para referirlo a la homilía que hacemos los sacerdotes durante la santa Misa; ellos trataban de explicarse la situación vivida y discutían, disputaban suzetein. El vaivén de sus diálogos encendidos por la incomprensión les impide ver a Jesús que se acerca a ellos. Pongamos atención, que todavía no lo reconocen y ya está Cristo caminando con ellos.
Hermanos, cuando experimentamos los momentos más difíciles de nuestra vida ahí cerca, muy cerca está Jesús que quiere dialogar con nosotros, quiere aclarar nuestras dudas, aliviar nuestro dolor y recordarnos que no debemos tener miedo. El mundo con su ruido nos hace incomprensible el rostro de Jesús, pero debemos estar atentos para no permitirlo. Y ¿qué debemos hacer? ¿quién nos recordará el rostro y la presencia de Jesús? En un primer momento, la Escritura, ella nos hablará del Dios que camina con nosotros y no reconocemos.
En la liturgia que nosotros frecuentemente celebramos, comenzamos con la liturgia de la Palabra, para escuchar primero la voz de Dios que prepara el corazón para reconocerlo. Lo primero que debemos percibir de Dios es su voz que nos habla. De hecho, la palabra proclamada es viva y eficaz, es Cristo que sigue hablando por medio de sus ministros; en un segundo momento y después de la escucha, viene la preparación para el encuentro con Cristo vivo mediante la fracción del Pan que nos revela el rostro de Jesús, y entonces, todo es claro y comprensible. Esta realidad tan familiar a nosotros fue una novedad para los discípulos de Emaús. Cuando llegaban a su aldea, piden al peregrino que caminaba con ellos con voz insistente: ¡quédate con nosotros!, el texto recalca que fue una petición decidida, parebiásanto que significa: “forzar, insistir, obligar”. Y como respuesta, el Evangelista nos puntualiza: “entró para quedarse con ellos” (v. 29).
Considero que, al meditar este pasaje, debemos cuestionarnos: ¿con qué fuerza o interés deseamos que Cristo se quede con nosotros? A veces somos tan insensibles y superficiales que denotamos lástima; Cristo, en cambio, desea permanecer cerca de los que confían en él, aun cuando estos no gozan de una fe total y madura. ¿de verdad nos interesa hoy la presencia de Cristo en medio de nosotros? o ¿será que, acaso nos hemos llenado tanto de nosotros mismos que nuestra presencia es suficiente? La iglesia peregrina en el mundo, aún sin comprender totalmente las realidades presentes debe insistir a su Maestro: “Quédate con nosotros, se hace tarde y el día declina” (v. 29). Y el Señor se ha quedado para siempre con nosotros, así como nos lo había prometido: “No los dejaré huérfanos; volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes me verán” (Jn 14,18). La aceptación de Dios en la propia casa y en el corazón es ampliamente recompensada.
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A partir del Lunes 11 de Abril de 2011
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