

LA CONFIANZA DE VIVIR CON CRISTO EL MISTERIO PASCUAL
MT 26,14 – 27,66
POR: Pbro. Jorge Armando Castillo Elizondo
Hermanos, comenzamos la Semana Santa con la celebración del domingo de Ramos. La Iglesia nos invita a realizar con Cristo un recorrido hacia Jerusalén, para celebrar con él su victoria. Hoy nuestra participación debe ser interior, del corazón y desde la fe. A quienes tendremos la bendición de participar en los ritos procuremos orar por toda la Iglesia, especialmente por los más alejados y para pedir el don de la paz. Pidamos a Dios la gracia de acompañar a su Hijo en su entrada triunfal a Jerusalén.
Nuestro Señor, rey del universo, ha retomado y reviste los indumentos más bellos que jamás rey alguno podrá mostrar: la santidad, la humildad, el amor, la pobreza, la sabiduría etc. Los reyes de este mundo ostentan su poder con la perfección de aquello que se puede ver. Cristo muestra su poder mostrando la perfección de aquello que solamente los ojos del corazón pueden percibir. San Pablo en el himno de Filipenses muestra de manera clara esta verdad: “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,7-8).
Jesús entra en Jerusalén montado en un burrito mientras es aclamado por la multitud: “¡Hosanna al Hijo de David!, ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» (Mt 21,9). Pero nuestro Rey debe ser todavía aclamado desde su trono, la cruz, revestido con su sangre y sacrificado por nuestro amor. Los ramos de olivo o las palmas representan la victoria del Rey y los dones de paz que con su llegada ofrece a sus súbditos. Jerusalén ciudad de la paz, finalmente encontrará la paz en Cristo por las vías y los caminos más incomprensibles a la mente humana, la pasión, el sufrimiento y la muerte. El primer gran ejemplo que Cristo nos ofrece este día es aprender a despojarnos de aquello que nos impide caminar hacia Dios. El pecado, el odio, los vicios, todo lo que nos daña y ofende, debe ser abandonado. La docilidad a la voz de Dios es el primer paso para poder abandonar las obras de las tinieblas y es el requisito indispensable para abandonar, a ojos cerrados, nuestras seguridades para ponernos nuevamente en sus manos. Hoy nos damos cuenta de que lo que importa lo llevamos dentro y no fuera. Cristo se ha despojado de su divinidad para asumir nuestra humanidad, y finalmente, se despojará de esta para que nosotros podamos asumir la suya.
En la lectura de la Pasión que nos presenta San Mateo, vemos que Jesús fue despojado en dos ocasiones de sus vestiduras: durante la flagelación “a Jesús, después de azotarle, se lo entregó para que fuera crucificado... Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura” (Mt 27, 26,28), y segundo: antes de la crucifixión: Una vez que le crucificaron, se repartieron sus vestidos, echando a suertes” (v. 28), pues así lo había anunciado la Escritura: “ellos me observan y me miran, reparten entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica” (Sal 22,18-19). Así también nosotros en el bautismo nos desnudamos del hombre viejo, para ser revestidos con la gracia de Dios y al acercarse nuestro término sobre este mundo, nos despojamos también de nuestra humanidad para ser un día revestidos con la gracia de la inmortalidad. El camino del Evangelio nos enseña a vivir de lo que verdaderamente es esencial.
Los cristianos no vamos a tientas por el mundo, ni siquiera llevamos una venda en los ojos con miedo a tropezar y caer. Los que de verdad amamos a Dios alcanzamos a vislumbrar la luz que llega aun cuando la tiniebla nos envuelve; experimentamos la alegría mientras la tristeza y la duda embargan el alma; y sabemos que Dios habita en nosotros no obstante las circunstancias nos priven por un momento de acercarnos con amor a su casa. Debemos unirnos a Cristo hoy, para experimentar día a día su gracia y su fuerza.
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A partir del Lunes 11 de Abril de 2011
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