

POR: Noé Guerra Pimentel
La primera, surge incluso antes de que México existiera como nación homogénea. Malintzin, llamada Malinalli, Malinche o Marina, nació en la región del actual Veracruz. Su infancia fue una cadena de infortunios: la muerte de su padre, la venta como esclava por su madre y una adolescencia entre extraños. Pero en ese mundo hostil descubrió su poder: la palabra. Hablaba náhuatl y maya, y, después, español. Capacidad que la convirtió en intérprete entre indígenas y los recién llegados castellanos encabezados por Hernán Cortés.
La historia la condena como traidora. La realidad es más compleja: en 1519 México, este país, no existía. Los pueblos nativos vivían divididos, muchos bajo la tiranía mexica. Malinche fue más que traductora; fue mediadora, estratega y consejera. Sin su inteligencia la conquista habría sido distinta o no habría sido. Sin embargo, ni siquiera el reconocimiento de su hijo -Martín Cortés, uno de los primeros mestizos- le otorgó su lugar. Fue una mujer clave en el nacimiento de una nueva estirpe, pero murió en la sombra. Una emperatriz de hecho, no de derecho.
Otra historia fue la de Catalina Suárez Marcayda, esposa de Cortés. Española llegada al Caribe, se unió al conquistador en Cuba por presiones políticas de Diego de Velázquez. Cuando llegó a Nueva España, después de la caída de Tenochtitlan, parecía destinada a ocupar un lugar central junto al nuevo poder. Pero su vida terminó abruptamente en Coyoacán en 1522. Muerte que generó rumores. Algunos de violencia; otros, muerte súbita. De las Casas y Bernal Díaz reflejan sospechas. El juicio posterior no condenó a Cortés, pero la duda quedó. Catalina pudo haber sido la primera dama del nuevo orden; en cambio, quedó como un misterio trágico.
Dos siglos después, apareció otra figura: María Ignacia Rodríguez de Velasco, la Güera Rodríguez. Rica, culta, brillante y dueña de un carácter no común para su tiempo, fue una de las mujeres más influyentes de la sociedad novohispana. Conversó con virreyes, financió causas políticas y apoyó el movimiento que acabaría separando a Nueva España de España. Su relación con Iturbide la involucró en rumores. Más allá del escándalo, su papel como mecenas e interlocutora fue real. En un mundo donde las mujeres debían limitarse al silencio, ella opinaba, persuadía y financiaba. Fue, en muchos sentidos, conspiradora del nacimiento del imperio mexicano. No llevó corona, pero influyó sobre quien sí la llevó.
Quien finalmente la portó, luego de la independencia, fue Ana María Huarte, esposa de Iturbide. Nacida en la hoy Morelia, recibió educación refinada. Sin embargo, su destino fue el de muchas de su época: acompañar. Mientras su esposo ascendía, ella sostenía la familia. En 1822 fue coronada emperatriz del recién Imperio Mexicano. El esplendor duró once meses. El imperio cayó, Iturbide abdicó y poco después fue fusilado. Ana María pasó de emperatriz a exiliada. Terminó sus días en Filadelfia, sola y olvidada.
Más amarga fue la suerte de María Josefa Sánchez Barriga, esposa de Juan O'Donojú. Llegó a Nueva España a ocupar el lugar de primera dama del imperio español en América. Cuando desembarcó el trono ya no existía. Su marido murió semanas después de firmar la independencia. De la opulencia a la pobreza. Repudiada por España y negada por el nuevo México, murió en 1842 en la miseria, después de quedar en la ruina para sobrevivir, la mujer que pudo haber sido emperatriz del último virreinato terminó indigente, sola y sepulta en fosa común.
La última de estas historias, quizá la más conocida: la de Carlota, esposa de Maximiliano I. Educada para gobernar, políglota y políticamente activa, asumió la regencia del II Imperio durante las ausencias de su esposo. Promovió reformas, gestó obras culturales, intentó modernizar el país. Pero el imperio dependía del extranjero. Cuando Napoleón III retiró su apoyo, el proyecto cayó. Carlota viajó a Europa en busca de ayuda y terminó atrapada en una espiral de desesperación que derivó en su colapso mental. Vivió más de 60 años después del fusilamiento de su esposo, recluida en Europa, prisionera de un sueño que no pudo sostener.
Mujeres que, tan distintas entre sí, compartieron el destino común de estar cerca del poder, de influir o lo encarnaron brevemente. Sin embargo, la historia las culpó, relegó y olvidó, pero si algo revelan es que el poder de la mujer ha existido en la historia. Varias no fueron emperatrices en el sentido pleno. Pero sin ellas, la historia del poder en México estaría incompleta.
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