

100 AÑOS DE EDUCACIÓN SECUNDARIA: LA PRECARIEDAD NORMALIZADA
POR: Blanca F. Góngora
En este mes se cumplen cien años de que en México se apostó por la escuela secundaria como un puente entre la niñez y la ciudadanía y el balance no es para la fotografía conmemorativa. Hay discursos, murales, efemérides, frases solemnes e incluso la indicación de usar el #100AñosDeEducaciónSecundaria; pero si uno se sienta —literalmente— en el pupitre del fondo, la vista es otra. Desde ahí se observa lo que no cabe en los informes: la precariedad normalizada.
Equipar una secundaria sigue siendo una aspiración, no una regla. La tecnología llega a cuentagotas, cuando llega; las bibliotecas son un recuerdo romántico (no existen) o un cuarto con estantes vacíos; los laboratorios se anuncian en el plan, pero, o no existen o no tienen los insumos ni condiciones de seguridad adecuadas para prácticas reales. Los salones parecen celdas: muros desnudos, mobiliario desgastado, calor o frío según la temporada, y cero materiales didácticos que inviten a aprender. La escuela resiste, sí, pero resistir no es lo mismo que educar con dignidad.
El personal es otro rompecabezas mal armado. Plantillas incompletas, interinatos eternos y contratos inhumanos (sin derecho a prestaciones); maestras y maestros obligados a trabajar en dos, tres o más centros para completar un salario. Corren de un turno a otro, de una escuela a otra, con el tiempo medido al minuto y la vocación puesta a prueba. ¿Cómo pedir acompañamiento, planeación profunda o innovación pedagógica cuando el sistema empuja al desgaste?
A esto se suma la esquizofrenia administrativa: edificios compartidos entre turnos matutinos y vespertinos que se pisan los talones, sin tiempo para mantenimiento, sin identidad propia, sin sentido de comunidad. La matrícula se distribuye mal; los docentes, también. Hay escuelas saturadas y otras semivacías. Hay grupos enormes y otros que apenas existen en el papel. Todo luce organizado… hasta que se mira de cerca.
Y entonces aparece la simulación. La más peligrosa de todas; números inflados de aprobación, calificaciones maquilladas, estadísticas “aceptables” construidas sobre la consigna tácita de no reprobar; no porque el estudiante haya aprendido, sino porque reprobar estorba al indicador. Se confunde inclusión con negación de la realidad. Se celebra el dato, no el proceso.
Lo más grave además de la carencia material -que es seria- es la renuncia silenciosa a decir la verdad. A reconocer que no hay presupuesto asignado directamente a las escuelas para su funcionamiento cotidiano. Que se sobrevive con cooperaciones, con rifas, con gestiones personales. Que el aula depende más del ingenio del docente que de una política pública consistente. Que el derecho a aprender se sostiene con alfileres.
Cien años de secundaria merecerían algo más que actos protocolarios. Merecerían una conversación honesta y decisiones de fondo: presupuesto etiquetado y suficiente; bibliotecas vivas; escuelas equipadas; plantillas completas; docentes con una sola escuela como centro de vida profesional; organización real de la matrícula; evaluación con sentido pedagógico y no propagandístico; aulas que no parezcan cárceles sino talleres de pensamiento.
Desde el pupitre del fondo de cada escuela secundaria de México se pide que la conmemoración no sea un cierre, ni se resuma en una actividad de lectura de comprensión, sino que sea urgentemente un punto de partida para la mejora, porque cien años después, la secundaria mexicana sigue esperando lo mismo de siempre: que la tomen en serio.
#100AñosDeEducaciónSecundaria
#MaratonesPorLaLectura
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A partir del Lunes 11 de Abril de 2011
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